Una vez más, en la clínica, esperando. Un milagro. Esto último siempre. Pero en cada ocasión hay algo nuevo, alguna dimensión de sentido que se agrega a lo anterior. Un sentido que hay que develar, pero que se que existe.
No hay sosiego en este momento, me está resultando bastante difícil meditar y aclararme. Qué es lo que quiero, ya lo sé: simplemente paz. Qué es lo que mi estimado padre no me puede dar: paz.
El cuerpo se ha transformado en un laboratorio de emociones adversas, fuerzas contrarias que me patean las entrañas como si ni siquiera ellas se soportaran más. Sólo quieren salir de aquí, de mi.
Decisiones, eso que no me gusta hacer. Estimar el peso, estimar el valor y quién es uno para estar seguro con esto. Tal vez haya algunas máximas que me puedan guiar, las conozco. No me atrevo. Saber el peso de mis decisiones me paraliza.
Este trayecto ha sido difícil, a veces me sorprendo cuántos peligros transité, cuántas ganas de volar tragué, cómo me ahogue en mi llanto, en mi dolor y después di lo mejor de mi. Me sigo preguntando cuál es la medida del sufrimiento. Depende: si hay amor o pasión la medida es hasta la muerte, si no hay nada, no hay medida, solo dolor y sufrimiento.